Publicado en Familia, Personal

Tristezas y Alegrías

Viernes 20

Hoy es el tan esperado día, para ver de nuevo a mi hijite en el ultrasonido. La vez anterior apenas se apreció un diminuto punto blanco del tamaño de una lenteja. El doctor me mandó hacer análisis y fuí a recogerlos. ¡Cual sería mi sorpresa al ver que el laboratorio tenía más de media hora de haber cerrado! ¿Y ahora que hago? Ya casi era el momento de la cita, me dí prisa y regresé a casa. Con un pie en la cochera, sonó el teléfono. Por un momento pensé: “estamos por irnos, mejor no contesto.” Más luego recordé, que esos detalles son los que en ocasiones nos salvan hasta de tener un accidente.

Corrí hacia el teléfono, algo en mi corazón me alertó que no era nada bueno. Era mi amiga M informándome que su padre acababa de fallecer y que a ella la despidieron de su trabajo, esa misma tarde. Sentí un balde de agua helada. Hace unos segundos estaba ansiosamente feliz por ir a ver a mi pequeñite. Ahora sólo quería estar con M, abrazarla y besarla. Aún no sabía en que sala de velación lo tendrían, todavía estaban con los trámites de la entrega. Recién el miércoles estuvo por aquí antes de irse a cuidar a su papá al hospital, en donde se estaba hasta pasada la media noche en que la relevaba una hermana y al día siguiente a trabajar desde las 8:00 a.m. Así fue durante las casi 2 semanas que el señor estuvo internado. Ese miércoles me sentí impotente de no poder ir a ayudarle a cuidar a su padre, no poder cooperar de algún modo. Sólo mis oraciones y las que pedí a través del Twitter le pude ofrecer. Me dijo que no me apurara, que me llamaba más tarde. 😦

Con el corazón apachurrado nos fuimos a ver al doctor. Mija y mibeba se nos adelantaron y subieron corriendo las escaleras. En la puerta el ginecólogo nos esperaba, las recibió a ambas con un beso, aquellas entraron al consultorio como si fueran de visita con la prima. Al doctor le gusta que mija sea muy curiosa y pregunte de todo, ella anda investigando por todo el lugar y cuestiona sin pena, vergüenza, ni pudor. Y la beba le da mucha ternura con sus cancioncitas y ocurrencias.

-Venimos a ver al hermanite que tiene mi mamá en la panza.
-¡Pues vamos a verlo entonces!

Ahí está. Ha crecido un poquito, son 2 semanas de la visita anterior. En esta ocasión su corazón se ve perfectamente. El doctor aprieta un botón del aparato para ver el flujo sanguíneo del  corazoncito, prácticamente para que yo lo pueda distinguir. También se aprecia como corre la sangre de la placenta hacia el bebé. Él Doc respira tranquilo, ya está contento, eso era todo lo que necesitaba ver. Un pequeñísimo corazón latiendo. En eso estábamos, cuando mi marido pregunta:

-¿Cuándo le podemos hacer algún examen para saber si todo marcha bien doctor?

El ginecólogo voltea a verlo con los ojos abiertos como platos.

-¿Porqué me pregunta eso señor? Le voy a hacer una pregunta yo a usted. ¿Tiene ?
-Sí, Doctor.
-Eso es todo lo que necesita. Mire señor, si le hago exámenes y detectamos que “algo está mal” ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué van a hacer? Yo nunca les aconsejaría abortar ¿Usted lo abortaría? ¿O usted señora? (yo casi lo abofeteo ¿Cómo abortar? tengo años deseando este bebé y me pregunta si lo mataría… :S)
-No, claro que no.
-Entonces… ¿Qué gana con saber eso? Mire le voy a platicar una anécdota personal. Una prima, estaba embarazada, ella vive en Estados Unidos. Todos los doctores le recomendaron que abortara, que el niño venía mal, que los estudios decían que esto, que lo otro… Ella hizo mucha oración, junto con su esposo, por supuesto que no hicieron caso. Y mire, 9 meses después nació un niño perfectamente sano.

No, mire, a mí no me interesa si mi bebé viene entero o le falta algo, si es niño o niña, si sale moreno o rubio, chiquito o grandote. Sólo lo quiero tener en mis brazos. Como quiera Dios mandármelo, me mandará lo suficiente para suplir sus necesidades, me enviará fuerzas para el parto, alimento para amamantarle, me dará sabiduría para educarle, paciencia para aceptarle, amor para enamorarle y vida para verle crecer.

A este momento yo ya estaba con las lágrimas rodando por mis mejillas. El corazón de mi niñite estaba latiendo en la pantalla. El doctor me dijo que le parara, que era demasiado ejercicio caminar 6 Km. diarios, que viera quien más iba por las niñas, porque de seguir con este ritmo, no aumentaría ningún gramo y necesita que yo suba de peso. Es cierto, recién ayer me pesé y no he aumentado nada, lo cual me pareció muy raro, con mis niñas bajé de peso los primeros 4 meses de tanto vomitar. Después, como ya he comentado, en ambos casos aumenté 20 kg.

Que los vómitos y los mareos son excelentes… excelentes señales de que las hormonas están trabajando a todo lo que dan. Que mi marido me cae gordo, también es buena señal (pero no todo el tiempo, nomás a ratos) 😛 pero que ahora, muchas mamás evitan mencionar este síntoma. Ando más sensible que de costumbre y también más enojona… ¡Chicles! 😦 Que nos vemos en un mes y que le llame por teléfono para darle los valores del análisis. ¡Ups!

Regresamos a casa, le marqué a M. Que apenas iban a preparar a su papá, que me llama el sábado. ¡Dios, no sé que decirle! ¡Yo sé por lo que está pasando! ¡Yo sé lo que está sufriendo! ¡Y no me sale ninguna palabra de la boca! :´(

Sábado 21

Como cada Sábado a catecismo. Saliendo hubo junta y se prolongó más de lo esperado. Apenas puse un pie en mi casa, me dice mi esposo que M. llamó. Que estaba en los funerales. Aventé mis libros, agarré dinero y me trepé al camión. Estaba muy cansada, siempre me canso con los niños, pero ahora el cansancio se incrementa, y apenas estoy comenzando. Procuro tomar una siesta cuando termino la clase, hoy no hubo tiempo.

Llegué al lugar. Sólo la abracé, la besé y estuve a su lado. No recuerdo haber dicho mucho. Me dijo que no debí ir, que me tengo que cuidar por el bebé. Sin embargo, yo necesitaba estar a su lado. Estaba tranquila, sus ojos rojos y cansados de tanto que había llorado. Se veía y se sentía más frágil que de costumbre. Su blanca piel tenía un tono traslúcido. ¡Oh mi niña! ¡Como quisiera poder enjugar sus lágrimas y que este trago amargo pase pronto!

Se llevaron el cuerpo a su última morada, lamentablemente no les pude acompañar, comencé a sentirme realmente mal y temí que si iba desfallecería en el camposanto. M comprendió muy bien y me dió las gracias por estar. No tenía que hacerlo, yo debí haber hecho más. 😦

Pasé al cajero a tomar un poco de efectivo, por si se ofrecía. Me fuí a comer por ahí cerca. Sola. Pensaba. Comía. Lloraba. Reía. Pensaba. De pronto mis manos me temblaban. Esto no me gusta nada. Le marqué a mi esposo, me pidió que me regresara en taxi. Ésta única ocasión obedecí. Mi respiración estaba muy agitada.

Volví a casa, ví a mis hijas, le dí tantas gracias a Dios por esa enorme bendición. Me tumbé a la cama. No sé cuántas horas pasaron. Cuando abrí de nuevo los ojos estaba oscuro. Mi esposo bañó a mibeba y les dió de cenar, las mandó a dormir, les contó su cuento.Yo ni hambre tenía, al contrario, tenía mucho asco. Nos acurrucamos a ver la TV.

Domingo 22

Mi esposo se fue a dormir ya muy fatigado. Yo me quedé un ratito más, quería ver en que terminaba la película. Escuché tos. Guardé silencio. Mibeba tosió de nuevo, ya con flemas. Corrí a su recámara y mi esposo ya estaba ahí. Le grité que la cargara al baño, estaba por vomitar. No alcanzó a llegar, devolvió el estómago en el pasillo. De nuevo la cargó y la puso en el excusado. En un momento, su garganta estaba llena de vómito y su nariz llena de moco, escurriéndole ambos orificios. Empecé a desesperarme, ¡Dios mío, Dios mío! repetía una y otra vez, dame claridad de pensamiento, no permitas que me gane la desesperación…

Mibeba no podía respirar, hacía el pillido que hacen quienes padecen de asma. Le dábamos masaje en la espalda, le quitábamos los mocos, yo sinceramente quería meterle la mano a la boca y sacarle el vómito, no sabía que hacer. No tenemos auto, no tenemos pediatra, no tenemos IMSS, era de madrugada. Se puso lacia, las corvas se le doblaron, la cara morada.

-¡Llama a un taxi!

No me contestan. Nada. No hay nadie al otro lado de la línea.

-¡Ve con la vecina K, que nos haga el favor de llevarnos a la cruz roja!

Salí corriendo, toda temblorosa, hacía frío. Casi le tumbo la puerta, rápido salió su hija. Le expliqué lo que pasaba, le llamó a un hermano, V, que vive a la vuelta de la casa. Llegó como rayo, tomé mi monedero, su celular, sus tenis, ¡Váyanse pronto!

Cuando acordé ya mija se había despertado con tanto alboroto, mi vecina K me dijo que me fuera con mibeba y mi esposo, ella se quedaría con mija. Le dí las llaves de la casa, le grité a mija que se quedara con K. Con el corazón en la boca, me subí a la camioneta, rezando por que mibeba alcanzara a respirar, orando porque tanto estrés no le afectara al bebé que llevo en mi vientre. Mibeba seguía casi sin respirar, el flujo nasal había cesado, pero sus fosas seguían ocupadas, ya no hallaba como sacarle el moco. Pillaba. Reviví la noche en que casi se nos muere porque en el IMSS no quisieron limpiarle la nariz. Oraba, oraba, todo el tiempo, ¡Dios, Dios no permitas que muera!

Ingresamos a la Cruz Roja, ¡la niña casi no respira! les gritamos, pasen por favor. Los minutos transcurrían muy lentamente. Todo pasaba como en cámara lenta. Tres doctores sentados platicaban alegremente. Una enfermera para 10 pacientes. Había una camilla, la número 9.

-Oiga ¿Quién nos va a atender?- Le pregunto a uno de los médicos.
-Ahorita le toman los datos.

Los ahoritas de los doctores son como de 10 minutos mínimo.

Pasó un enfermero. Nos tomó los datos. Revisé la hoja de ingreso. Marcaba la 1:00 a.m. Pasaron varios minutos. Eternos. La niña respiraba un poquito más. Al menos ya no vomitaba.

-Oiga, ya nos tomaron los datos ¿Quién nos va a atender?
-¿Es el niño de la 9?
-Es niña, tiene 4 años.
-Enseguida viene el pediatra.

Los enseguidas de los doctores son directamente proporcionales al número de pacientes por atender en una misma sala de urgencias.

Entre más doctores se encuentran platicando los enseguidas se van alargando.

Minutos iban y no venían. Sólo pasaban. Así, lo más lentamente que sus segundos les permitían.

No, definitivamente no sé cuanto tiempo pasó. Volteo a ver a mibeba y el doctor, el mismo al que le pregunté 2 veces, la estaba revisando. Le toma la temperatura, le checa los bronquios, los ojos, la nariz, el corazón. Hace una receta y me la da. Se me queda viendo con cara de ¿Qué espera?

-¿Y yo que hago con esto? ¿Hay farmacia aquí?
-Sí, en la entrada. Vaya surta el medicamento y regrese conmigo.

Pues eso digan. Jamás había estado en la Cruz Roja para una emergencia. EMERGENCIA decía el letrero de la entrada, pero yo veía con desesperación como todo lo tomaban tan tranquilamente. Compré el medicamento, y ahí estaba esperándonos mi vecino V. Me preguntó si traía suficiente dinero para surtir, si no, él me prestaba. ¡Dios lo bendiga! Afortunadamente, había sacado por si se ofrecía. Y se ofreció.

Regreso, medicamento en mano, el Doctor otra vez sentado.

-Aquí está las medicinas y la jeringa.
-Espere a la enfermera anda de color vino.

Me explica mi esposo que en lo que fuí a la farmacia el doctor le dijo que mibeba traía los bronquios muy cerrados, no tenía temperatura y que posiblemente era una fuerte infección  de días mal atendida. ¡En la mañana apenas la oí toser un poco! ¿En que momento se derivó en esto? ¿Cómo fuí tan descuidada? No es momento de reproches, tengo que moverme.

Pasé revista a cada cortinilla. No estaba. Ni modo de irme al área de hombres, no estaba allá. Más y más minutos muertos, mibeba recargada en el hombro de su papá, a punto de dormirse o de desmayarse, no lo sé.

Al fin apareció la enfermera vestida de vino. A nuestro lado una bebita de 3 meses, hervía en fiebre, lloraba desesperada. Sus papás estaban asustados. Les atendió primero, como que ya tenían rato ahí. Luego volteó a vernos y revisó la receta, preparó el medicamento, le puso una inyección a mibeba. Desapareció de nuevo y apareció rápidamente con un nebulizador y me mandó a comprar otra jeringa. Ahí voy, ahí vengo. Le digo a mi vecino que esto va pa largo, que si gusta irse a casa y nos regresamos en taxi. No, no se va, nos espera hasta que esto termine. No encuentro palabras para agradecerle, es la segunda vez que me quedo muda en menos de 24 horas.

Encendió el nebulizador y nos lo dejó para que se lo administrásemos a la niña. Heridos, baleados y golpeados ingresaban, entre ellos varios policías. Escoltas, armas de grueso calibre, patrullas. Sólo espero que no vengan a rafagear. 😦

Poco a poco los bronquios fueron abriéndose. Otros 2 medicamentos, otro ratito de pie con el aparato en la mano. Antes de terminar la segunda nebulización, mibeba ya estaba jugando a que era su micrófono y me cantaba algunas canciones. Sus ojos rojos, sus venitas alteradas, su cara triste enmarcaba una leve sonrisa. Respiro aliviada. Mi esposo se queja de un fuerte dolor en el pecho. Le digo que lo revise el médico, capaz que le da un infarto. No quiere, es terco.

Se termina la tercer nebulización, nos quedamos un momento para ver como reacciona. Todo bien. Había posibilidad de dejarla internada si no reaccionaba. No fue así, Dios nos escuchó. V nos lleva de vuelta a casa, mibeba se duerme hoy conmigo, mi esposo va por mija a casa de la vecina K. Al posar mi cabeza sobre la almohada miro de reojo el reloj. Son las 3:33 a.m.

Gracias te doy mi gran Señor.

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Autor:

Varias ideas rondan mi mente, muchas palabras quieren salir, pocas personas que quieran oir lo que en ocasiones me es dificil decir

9 comentarios sobre “Tristezas y Alegrías

  1. 😦 qué desesperación cuando se enferma un hijo! Aunque uno entiende los doctores que atienden a las personas como llegan y conforme la gravedad, uno siente que pasa muchísimo tiempo. Gracias a Dios que ya está mejor, y espero que se recupere del todo, abrazos y besos.

  2. Oli, que susto. Que bueno que la bebá y todo, incluida tu están bien. Cuidate mucho. Siento mucho la muerte del papá de tu amiga. Te mando un abrazo gigante que llega de manera inmediata por la ventana entreabierta de tu casa.

  3. Ay Oli! Como lamento que hayas tenido que pasar esos tragos amargos en medio de la felicidad de ver crecer bien a tu porotito… Por lo de tu amiga no hay mucho q decir. Y lo de tu beba me alegro de que haya sido solo un susto y ya este bien… Te quiero!

  4. Oli! He vivido y sentido tu angustia en mi piel y pecho al leer tu post. ¡Qué fuerte! Gracias a Dios ya todo pasó. Cuídate mucho y siempre una manzanilla calentita va buen después de los sustos. Un abrazo!

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