Publicado en Familia, Personal

Mi Mamá Gelo

Mi Mamá Gelo era la quinta de 10 hermanos. Era muy unida a todos ellos, especialmente a su hermana Fanny. Las vestían igual y asistían a la escuela al mismo grado. Pero mi mamá Gelo era más pequeña, por lo tanto tuvo que adaptarse a niños un poco más grandes que ella. Solía contarme que jugaban mucho en el rancho, con niños y niñas y que en ese entonces eran muy inocentes. Estudio comercio, ayudaba a sus padres en la tienda. A pesar de que le gustaba bailar, era algo seria, reservada, no muy expresiva, podría decirse que hasta un poco seca. Conoció a mi papá Amadeo, quien era varios años mayor que ella. Él tenía fama de mujeriego y parrandero, sus padres se oponían a esta unión. Ella dijo: pues así lo amo y así me voy a aguantar. Y así lo hizo.

Se casaron y ella no quería tener hijos. Decía que no le gustaban los niños. Papá Amadeo insistía hasta el cansancio. Llegó el primer hijo, mi tío Roge. Al mes de nacido enfermo gravemente, no podía alimentarse. Estaba en los puros huesos, a punto de morir. En pocos meses mi papá también enfermó de Tifoidea, le dieron un mal tratamiento y estuvo al borde de la muerte. Mi mamá Gelo, que era chaparrita y muy delgada, tuvo que donar sangre para mi papá. El médico la regañó: -Usted está para que le donen, no para andar regalando su sangre. Finalmente, gracias a los amorosos cuidados de ella, y a navegar entre no se cuántos doctores, los dos sobrevivieron.

Llegó un segundo hijo, se le enredó el cordón me parece, nació y vivió unos cuantos minutos. Le sepultaron. Mi mamá se había aliviado en casa, con partera, como la primera vez. Cómo el niño falleció, mi papá quiso que la siguiente ocasión se atendiera en un hospital. Y así fue. Nació mi tío Chato.

Mi mamá Gelo ya no quería más hijos, había sufrido mucho con la enfermedad del primero y la muerte del segundo. Dios le bendijo de nuevo, esta vez con una niña. Mi mamá O.

Mi papá era administrador en una granja porcina, ahí vivieron durante varios años. Los niños crecieron y se convirtieron en jóvenes. Mi tío Roge se fue a estudiar al DF y en esas andaba cuando la matanza de Tlatelolco. A partir de entonces comenzó el insomnio nervioso de mi mamá Gelo.

Mi mamá O conoció a un hombre que le llevaba varios años. Se enamoró. Discutía muchísimo con mi mamá Gelo a causa de él. Él la convenció, cuando ella recién cumplió los 18 años se casaron a escondidas de mis papás. Se fueron a vivir a la capital. Mi mamá O trabajaba, él estudiaba. Vivieron en una situación muy precaria, apenas si sobrevivían con el sueldo de ella. Nací yo, menos de 2 años después nació mi  hermano. Se regresaron, se divorciaron.

Él se quedó con la patria potestad, a base de sobornos y mentiras. Una tarde mi papá Amadeo, junto con mi mamá O y otra persona, fueron a casa de él y nos “secuestraron”. Mi mamá Gelo nos acogió con un cariño que me sobrepasaba. Yo tenía otra versión de la historia, les hice sufrir mucho los primeros meses. Paso a pasito, mi mamá nos fue enamorando, a mi hermano y a mí.

Mi mamá O trabajaba para poder mantenernos, pasábamos la mayor parte del tiempo con mi mamá Gelo. Como ya había comentado, en la granja no había vecinos, el rancho más cercano estaba a 2 km por carretera. Crecimos solos, acompañados de mis 2 mamás, mi papá, los árboles, los pájaros, las flores y el hoink hoink de fondo. Mis papás sufrieron mucho por nuestra causa, el proceso de divorcio duró varios dolorosos años.

Su madre enfermó, ella se rolaba con sus hermanos para cuidarla en el hospital. Le dió el último adiós. Su corazón volvió a partirse en dos.

La situación económica empeoró cuando mi papá tuvo que dejar la granja porcina por la poca venta de cerdos. Nos fuimos a otra ciudad, mi mamá O ya no completaba. Se fue de ilegal a Estados Unidos, con tal de mandarnos unos cuantos dólares. Eramos adolescentes y quedamos al total cuidado de mis padres. Era cuando más la necesitaba.

Mi papá enfermó de cáncer en el páncreas y se fue rápidamente. Mi mamá Gelo mostró una entereza que nadie sospechaba que tenía. Siguió adelante, a pesar de las ganas de seguir a  la tumba al compañero de toda su vida. Estaban por cumplir 50 años de casados.

Mi mamá Gelo fue madre y abuela a la vez. Le tenía mucha confianza, le platicaba mis cosas, ella me contaba sus recuerdos, pesadillas y preocupaciones. Me encantaba ver una y otra vez su álbum de fotografías. Le gustaba ver las viejas películas de 8 mm en el proyector, que por cierto, todavía funciona.

Cocinaba de maravilla, yo nunca he podido igualar su sazón. Sabía recetas sencillas, las preparaba con mucho amor. Zurcía la ropa y le quedaba como a un profesional. Tenía paciencia infinita para un montón de cosas más. Me daba muchos consejos, me escuchaba. Se dejaba que le hiciera cosquillas, que la peinara y que le diera muchos besitos.

Le detectaron cáncer en una pierna. La operaron y le extirparon el ganglio afectado. Se sometió a quimioterapias. Perdió su cabello. El amigo de un amigo le comentó de un indio yerbero de Sonora. Mandó pedir el remedio, para combatir y prevenir el cáncer. Sabía a rayos. Olía a drenaje. Debía tomarse el menjurge en ayunas y sin respirar. Lo hizo. Se lo terminó y cuando el Doctor volvió a analizarle, dijo: ¡Es un milagro! ¡El cáncer desapareció! La única secuela que quedó fue la inflamación constante de su pierna.

Despidió a casi todos sus hermanos, unos por enfermedad, otros por accidente, partieron al cielo. Sobrevivían tan sólo 4 contándola a ella.

Cuando me iba a casar, me preguntó si lo había pensado bien. Me recordó que la vida matrimonial es muy distinta al noviazgo, me advirtió que las cosas podrían cambiar. Me pidió que no me embarazara luego luego, sino que esperara un tiempo razonable para asentarnos.

Ella estuvo presente en mis graduaciones escolares, en mis presentaciones de Danza, en mis sacramentos, cuando nació mi primer hija. Me hizo salir de la depresión pos-parto, me motivó a valerme por mi misma y darme cuenta de que sí podía ser mamá y que podría educar a mi beba. Ella que no gustaba de los niños, tuvo en sus brazos a sus hijos, a sus nietos y a sus bisnietos. 🙂

Le llamaba casi diario, a saludarla para saber como había amanecido. Lo hacía para preguntarle como se guisaba el picadillo, como se bajaba la fiebre, como debía regar la Galatea. Le marcaba para platicarle que la niña me hacía berrinche, que la vecina me hizo mala cara, que había tenido una pesadilla, que tenía un presentimiento. Ella sabía, sin que yo le dijera nada, cuando estaba yo contenta, triste, sentida, molesta. Podía yo enojarme con todo el mundo, con todas mis amigas, con el novio, con la familia, menos con mi mamá Gelo. Siempre despertó en mí infinita ternura.

En ocasiones me preguntaba yo que haría el día que la perdiera. Cuando ese día llegó, una parte de mí se fue con ella.

P.D. Hoy la recuerdo con todo mi cariño, es su cumpleaños número 87. Yo sé que en alguna parte del cielo, los ángeles están de fiesta.

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Autor:

Varias ideas rondan mi mente, muchas palabras quieren salir, pocas personas que quieran oir lo que en ocasiones me es dificil decir

10 comentarios sobre “Mi Mamá Gelo

  1. Qué bonito leer esta historia. Te dejó una herencia muy valiosa, aunque a veces suena a frases hechas, pero al leerlo solo pude pensar que es muy cierto, mientras uno no olvida a las personas, no se han ido del todo. Una parte de esas personas se queda en nosotras, y estoy segura que también tus hijas se quedarán con parte de esa herencia.

    Besos, Oli.

  2. Oli, los ojos se me llenan de lagrimas al leer este post. Que linda relación la que disfrutaste con tu mamá Gelo. Eres muy afortunada!! Y si, estoy completamente segura, que debe haber tremendo parrandón en el cielo!

    1. Verdad que sí? Una compañera catequista me platicó, el día que mi mamá Gelo falleció, ella soñó que acomodaba a muchos niños vestidos de angelitos porque iban a darle la bienvenida a alguien en el cielo. Pero ella no sabía que mi mamá había muerto. 🙂

  3. Qué intensa historia familiar y qué hermosa relación la que tenías con tu mamá Gelo. Bellísimo post, me hizo recordar mucho a mi abuela, una mujer muy especial. Besos.

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