Personal

Mayo

Llega el mes de Mayo, repleto de celebraciones: día del trabajo, de la construcción, la Batalla de Puebla, día de la madre, del maestro, del estudiante y casi al final, otro viaje alrededor del sol. Nos acercamos a la primera mitad del año en curso, los días son más largos, la ropa colorida, el sol nos deslumbra con su resplandor. Festivales y colores, la gente se siente alegre y optimista, no así yo.

En Mayo, la nostalgia y la depresión invaden mi espacio. Hago un alto en el camino, vuelvo la vista atrás, más nunca camino sobre mis pasos.

Mi tradición personal me lleva a la melancolía. Los ayeres se hacen presentes, como si no hubiera mañana. Voy repasando distintos capítulos de mi vida, unos de la infancia, los más de la adolescencia. De mi juventud casi no recuerdo nada, ese espacio entre el casarme y nacer mis hijas, se encuentra escondido en algún rincón de mi memoria.

Mayo también me trae algunas sonrisas, varias carcajadas, lágrimas, abrazos, cantos y danzas. En este mes siempre saco mis viejas cartas de amor y amistad, me deshago de ciertas misivas, otras las vuelvo a guardar. Intento inútilmente hacer lo mismo con las fotografías, las desempolvo, las veo, revivo cada momento y vuelven a su lugar. Eso sí, tirar una fotografía… no. Sólo me deshice de una que tenía de un novio y ahora me arrepiento. En fin ¡Qué se le va a hacer! Ese día tenía que llegar.

-¡Te amo! ¡Gracias por ser cómo eres!

Procuro hacer un análisis, tanto de lo que he hecho en mi vida, como de mi forma de ser. ¿Porqué soy así como soy? ¿Cómo vine a ser quien soy? ¿Quién soy? Un gran signo de interrogación aparece sobre mi cabeza.

Irremediablemente me remito a mi niñez. El divorcio de mis padres me marcó. Pelearon por nosotros, un constante huir y esconderse, temor de ser separados. Donde vivíamos no teníamos vecinos con quien jugar, sólo mi hermano y yo. Era una niña muy seria, me tomaba todo muy a pecho. Creo que todavía lo hago. Mmmmh, sí, lo hago.

-Esa niña siempre llora. En las bodas, en las fiestas y en las tiendas.

En la escuela me ponían apodos: la chipil, la piojosa, la llorona. Era eso y más. Caprichosa, mandona, enojona, egoísta. Aún lo soy. Crecí y me volví un poco rebelde. O un mucho, depende de la persona y de la situación. A contracorriente, acostumbrada a salirme con la mía. A pesar de todo, mi “rebeldía” jamás me orilló a consumir drogas, tabaco o alcohol. Únicamente me incitó a herir a personas que quiero, a desobedecer ciertas normas y a perder la beca del colegio, expulsada por mala conducta. Luego, tuve que tragarme mi orgullo y pedir disculpas.

-Bueno, ¿pero es que usted no se puede quedar callada?.

De mis gustos aniñados deduje que sí era un bicho raro. En la escuela se burlaban porque bailaba canciones de Parchís, me sabía diálogos completos de Candy, no me perdía un sólo capítulo de Cachún Cachún. He visto la película Vaselina en más de 30 ocasiones y en teatro siempre que tengo oportunidad. Se me quedaban viendo con cara de what cada que me ponía a opinar acerca del De Lorean y los futuros alternos.

-¿Todavía bailas? ¿A tu edad?

Siempre molesta, siempre triste. Pocas veces sonreía, tenía pocas amigas. Normalmente eran 2. En cada ciclo escolar, en cada actividad, no sé porque extraña razón, me acompañaban sólo 2. Amigos, uno que otro, me llevaba bien en general con los chicos, de repente me peleaba con unos cuántos. De presumida, nerd y rara no me bajaban. Era eso y más.

-No, a tí no. De seguro me vas a salir con una ecuación diferencial.

No solía pasarle tareas, ni respuestas de examen a nadie, si alguien solicitaba mi ayuda, esta era mi respuesta: No te la paso, te explico. Esto me acarreó muchos detractores. Pocas, muy pocas personas se acercaban en busca de amistad. Y yo reaccionaba con recelo.

-No le hables, se cree la muy lista y no comparte con nadie.

La adolescencia me tomó desprevenida, me sentía muy grande y madura, a fuerza de tanto repetírmelo mi familia y mis amigos más cercanos me la creí y me la viví. En mi interior una revolución se gestaba, todo mi metabolismo y también mi alma, se transformaban. Me interesaban más los chicos, era precoz en determinadas áreas y era (soy) muy inocente para otras cosas. Quería verme bien, hacía ejercicio, mucho ejercicio, aerobics, baile, bicicleta y corría como loca. Me untaba cremas para bajar la panza (hasta la fecha ahí está, no baja). No me agradaba mi cuerpo, esperanzada a que cuando creciera, tomaría una forma más atractiva. Mi rostro saturado por las espinillas combinaba perfectamente con mis lentes amarillos. Me sentía fea. Tenía mucha prisa por crecer, maquillaje y tacones, ropa de mi mamá y actitudes aseñoritadas convivían con mis ganas de seguir jugando a las muñecas y querer subirme a los columpios. Una señorita por fuera, una niña por dentro. Era eso y más.

-Vieja payasa. Ella fue de seguro la que inició todo. Deja de hablarle.

Conocí más personas, confié ciegamente en la “amistad” que me ofrecían, para darme cuenta al cabo de un tiempo, de que sólo el interés los movía. De topes contra la pared: el amigo que me traicionó porque quería andar conmigo, la “amiga” que hizo lo propio porque quería bajarme el novio, la otra que fingió escucharme únicamente para ir a contar mis secretos a las niñas a las que yo les caía mal, “amigas” que creyeron en chismes inventados acerca de mí… Traumas y más traumas, que risa, aún no los logro superar.

-Mientras tú querías ser su amiga ella te estaba dando baje con el novio. ¡Que tonta eres!

Asistía a un grupo de adolescentes católico, movida por mi deseo de acercarme más a Jesús y por esa sensación de estar totalmente desorientada. Como participaba activamente, una hermana me propuso unirme a la comunidad. ¿Yo de monja? ¡Gulp! Oración y más oración, pidiéndole a Dios me mandase una señal para aceptar o no. Y sí, me la envió. 😉

-Veo que tienes potencial. Únete a nuestra congregación. Eres muy buena niña.

Ciertamente me la vivía en la biblioteca, no iba a las discos, más si había invitación a fiesta no me la perdía. De asiduo me gustaba estudiar, ser puntual, hacer bien mis trabajos, destacar. Ello no me quitaba mi placer por bailar, dibujar y andar en bicicleta. Tuve 2 propuestas de matrimonio, la primera a los 15, la segunda 10 años después.

-¿Se va a casar? ¿Segura? ¡Parece quinceañera! Está muy chiquita

Bien, pues me casé y nos fuimos a residir a otra ciudad. No conseguí trabajo, viví encerrada en el departamento. Apenas cruzaba palabra con otros vecinos, platicaba ocasionalmente con las esposas de los compañeros del trabajo de mi marido. Si siempre había sido seria y callada esto se acentuó notablemente. Hice algunas amistades, podría decir que… 2.

-¿Porqué te escondes? ¿Porque agachas la cabeza? ¿Tienes miedo de las damas?

Me embaracé y nuevamente cambiamos de ciudad, nos fuimos al Sur. Sin amigos, sin conocer la ciudad, sin familia (sólo mi mamá Gelo) y con una cultura diametralmente opuesta a la mía (procedente del norte) comencé otra aventura. Se gestó otro cambio en mí, me convertí en mamá y con mi bebé arribaron varios seres maravillosos: sorpresivamente otras mamás me hablaban como si me conocieran de toda la vida.

-Eres muy arriesgada, confías mucho en la gente. Te van a dar un susto.

Entablaba platica con extraños, hice amistad con las vecinas (el número fue mayor a 2) tanto en la 1° como en la 2° casa donde habitamos. El trabajo acabó y regresamos al terruño, nuestros nuevos amigos lloraron al despedirnos.

Pusimos en marcha el ciber, ahora tenía que hablar con los clientes, los vecinos, las maestras de mija y las mamás de sus amigas. Por el barrio muchas personas me conocen aunque yo a ellas no, ya por mija, ya por el negocio, ya por el grupo de oración. Me saludan, les contesto, resultado: El número 2 se va exponenciando.

-Cuando llegaste aquí no eras así, te has abierto más. Toda miedosa y sin hablar.

Sigo siendo una niña en mi interior, aprendiendo a ser mayor. Aún hago berrinches y quiero imponer mi voluntad. Mis defectos siguen sin domar. La mayor diferencia estriba en que hoy me acepto como soy, estoy contenta con lo que he hecho y lo mejor de todo: la culpa y el arrepentimiento se desvanecen en el horizonte, revientan como pompas de jabón.

-Siempre tienes palabras de aliento y una sonrisa para regalar.

9 comentarios sobre “Mayo

  1. 🙂 De verdad, lo repito, Soy bien Fan suya oiga.
    Su forma tan suelta y fluida de escribir me tienen atrapada. ¡No deje de avisarme cuando se anime a escribir un libro por favor!, Quiero ser de las primeras en tener un ejemplar suyo en mano con autógrafo y toda la cosa.

    Admiro muchísimo las enormes metamorfósis que haz vivido y que te hacen ser lo que hoy eres.

    Te Kello Pollita!
    Becho!

  2. Pingback: 39 « Azul Celeste

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