Día de Muertos II

“Para el habitante de Nueva York, Paris o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con paciencia, desdén o ironía”.

Octavio Paz

Regresando de Mictlán

*Texto de María del Refugio Lozano Mejía

Muerte Prehispánica por @Lizpe

Nuestros antepasados prehispánicos creían que el espíritu ya libre del cuerpo, tenía que hacer una larga travesía para llegar al inframundo. Sus seres queridos deseaban que ellos no pasaran hambre, sed o frío en su largo caminar al Mictlán, el lugar delos muertos, lugar de descanso y de remanso.

Se sabía que cada año, se permitía a los muertos visitar a sus seres queridos y los vivos los recibían con todo lo mejor que tuvieran y que sabían que en vida les había gustado: fruta, dulces, bebidas, chocolate, mole, pan, etc.

Los indígenas creían que el lugar donde descansaban las almas se determinaba por el tipo de muerte y la ocupación que en vida desempeñaba el difunto. Si el desaparecido era guerrero o mujer parturienta, su alma se convertiría en estrella acompañando al sol en su eterno recorrer por el firmamento.

Allá en la casa del sol, estarían rodeados de jardines llenos de perfumadas flores. Después de 4 años bajarían a la tierra y se transformarían en colibríes y otras aves de hermosos plumajes que se alimentarían de flores.

Flor de Cempasuchil

Cuenta una leyenda que cuando el pueblo Mexica salió de Chicomostoc en su arduo peregrinaje que duró 162 años, sufrieron múltiples penurias, pues en busca de la tierra prometida, invadían sin querer dominios de otras tribus. Era entonces un pueblo pobre, hambriento, inerme y diezmado por tanto enfrentamiento, pues sus enemigos eran por lo general más fuertes y numerosos. Después de una de las más cruentas batallas, todo el pueblo se unió en oración y pidió a los dioses “algo” para recordar a sus muertos, pues había ocasiones en que ni siquiera podían recoger los cuerpos. Así los dioses, conmovidos, les enviaron la flor de los muertos: la flor de Cempasuchil.

Altar de Muertos

El altar de muertos surge como resultado de una transculturación prehispánica-española. Contiene tanto elementos paganos, como católicos.

El altar se compone por 7 escalones que representan los 7 niveles por los que tiene que atravesar el alma del difunto para poder descansar. También los hay de 3 pisos que son: el cielo, la tierra y el inframundo.

Algunos elementos del altar son:

  • La foto o pintura del difunto, a quién se le honra esta noche.
  • El papel picado representa el aire. El color morado el duelo, el naranja la alegría de la vida.
  • Las velas alumbran el camino, alejan a los malos espíritus y representan el fuego.
  • La tierra significa vida y esperanza.
  • Un vaso de agua para mitigar la sed en el largo sendero por recorrer.
  • Las flores de Cempasúchil con su aroma indican el camino a seguir, manifestación del cariño y felicidad.
  • La sal sirve para conservar incorrupto el cuerpo, purifica.
  • La cal significa tristeza y el momento fúnebre.
  • El incienso y copal momento de oración y la ofrenda.
  • El Espejo para que el difunto se refleje en él y se vea como cuando estaba vivo.
  • El Perro Xolozcuintle quien guía el alma del muerto acompañándolo para  atravesar el río llamado Chiconahuapan.
  • Las monedas para pagar al balsero que los cruza por ese río.
  • Las 4 varas que son las etapas de la vida (niñez, juventud, edad adulta y ancianidad).
  • Las espinas para que no sea molestado por los malos espíritus.
  • Las cañas significan los huesos.
  • La calabaza cruda partida representa el cráneo humano y las semillas, los pensamientos.
  • El arco de flores como entrada al inframundo.
  • Frutas, dulces, comida y bebidas que le gustaban al difunto.
  • Objetos personales para hacerlo sentir en casa.

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Mamá moderna nos platica más de la celebración
Wikipedia nos da su versión
Día de Muertos
Día de Muertos VS Halloween

Día de Muertos I

Mire, cuando era niña (no hace mucho tiempo por cierto) en mi colegio montaban altares de muertos, hecho por el cual, nos pedían (más bien a nuestros papás) que cooperáramos con cañas (¡mmmh, deliciosas!), naranjas, guayabas, dulces, papel y más papel de china (picado y sin picar), y un larguísimo étc. No me gustaba que mi papá tenía que ir todo apurado al mercado de la ciudad (nosotros vivíamos en una granja a las afueras de Gómez Palacio, el colegio estaba en Lerdo) a conseguir frutas, dulces y papel, pagar hasta el doble (¿no debería estar más barata la fruta de temporada? Pero todas las escuelas pedían, así que ¡A encarecer!) y lo peor: jamás podía probar aquellas delicias, porque una vez que terminaba el evento, los niños de otros salones se robaban las ofrendas de los altares. (Me retiro momentáneamente a llorar todas las cañas que no consumí).

En fín, la otra práctica: visitar panteones. No, a mí no se me da, siempre he sido muy temerosa de las lápidas, así que iban mis papás (y no recuerdo si mi hermano) a visitar las tumbas de la familia, mientras que a mí me dejaban con alguna tía, leyendo revistas o enciclopedias. ¡Sí, que tiempos aquellos!

Lo curioso del asunto, es que, por más esfuerzo que hago, no logro recordar explicación alguna acerca de los altares. Recuerdo el sentimiento de tristeza al ver la foto de algún muerto, y el miedo que me provocaba el verme rodeada de cruces de cemento, ya se me figuraba que salía algún vampiro, momia o bruja a llevarme (por ahí tengo pendiente una cita con el psiquiatra o psicólogo, para que destelarañe cierta parte de mi subconsciente).

Cuando ya crecí (no mucho, el que me conoce lo sabe) y me casé, nos fuimos a vivir a Fresnillo, Zac. Terminaba el mes de Octubre, y timbraron a la puerta del departamento. Bajé las escaleras y me dice un niño: -¿Coopera pa’l muertito? -¡Sí como no! Permítame.- Y ahí voy encarrerada por unas monedas para ayudar.

Al día siguiente, salíamos del cine, cuando vimos un montonal de niños, algunos con vendas en la cabeza, otros con manchas de sangre, varios de ellos con cajas negras en las manos “¿Coopera pa’l muertito?” ¡Ay Dios! Ora sí me asusté ¿Pues que pasó? ¿Chocaría un camión de pasajeros? ¿Porqué tanto muerto?  O.o

Ahí se acostumbra pedir “p’al muertito” y los niños elaboran cajas de muertos, ataúdes o similares y van recorriendo las calles pidiendo su cooperación, que bien puede ser dinero o algo de dulces, galletas o lo que uno les quiera dar. Y los que más piden son los niños de la calle, o los de las colonias de la periferia. También se visitan los panteones, pero si no lo hice en mi casa, menos acá donde no tenía muerto alguno en el panteón municipal.

Años después, hicimos un viaje a Oaxaca capital, precisamente en estas fechas. Estábamos descansando en el hotel, cuando le digo a mi marido:

-Oye, vamos al panteón, a ver como celebran a los muertos.
-¿Qué? ¿Estás loca? ¡Hace un frío de los mil demonios! La niña está dormida ¿Quieres enfriarla?
-¡Anda! ¿Cuándo volvemos a estar aquí? ¡Total, la arropamos bien, la llevamos en la cangurera y listo!

Después de rumiar un rato, salimos del hotel, rumbo al camposanto. Y al llegar, no podíamos creer lo que nuestros ojos veían: había juegos mecánicos, venta de dulces, comida, calaveritas de azúcar, muñecos, flores, aguas frescas… ¡Era una fiesta!

Luces por aquí, velas por allá, colores, cantos, barullo, gritos, llanto, risas.

¿No nos habríamos equivocado de camión? ¡Esto parece la Alameda un domingo por la noche! Tuve que regresarme a la entrada: Panteón Municipal dice el letrero. Sí, no hay error.

Pues mire usted, había velas encendidas en la mayoría de las tumbas, olor a incienso y el infaltable Cempasuchil aromatizaba el ambiente. Las familias se congregan llevando comida típica, mole y taquitos al por mayor, unos bebían cerveza, otros tequila, los más pues refresco. Alrededor de la tumba compartiendo comida y bebida, al son de mariachis o de perdido una grabadora, una pareja bailaba entre tumba y tumba, los niños corrían y reían de aquí para allá. Otros rezaban el rosario, mientras limpiaban las lápidas. Y pa acabarla, me quedé sin rollo en la cámara. :( Hacía mucho frío, de verdad, pero no se sentía. La gente volteaba y nos sonreía. Nunca he visto nada igual.

Por ahí me queda pendiente, espero en un futuro no muy lejano, volver a la isla de Janitzio, Michoacán, donde estas celebraciones toman otro sentido. Un viaje al pasado, de esos, que tanto me gusta hacer.